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El Mundial y la economía: ¿quién gana realmente?

El Mundial y la economía: ¿quién gana realmente?

Los gobiernos y la FIFA proyectan cifras impresionantes para cada Mundial. Una mirada a los datos sugiere una historia más matizada.

Cada cuatro años, los mismos titulares. Inversión histórica. Millones de turistas. Empleos por doquier. El país sede se asomará a una nueva etapa de crecimiento gracias al fútbol. Y cada cuatro años, los análisis más rigurosos llegan con una conclusión más prudente: el impacto real suele ser menor (a veces mucho menor) al proyectado inicialmente. Con el Mundial 2026 en pleno desarrollo en México, Estados Unidos y Canadá, vale la pena hacer una pregunta incómoda: ¿cuánto cambia realmente la economía de un país cuando se juega una Copa del Mundo?

La respuesta corta: depende de si eres sede, clasificado o simplemente espectador. Y aun en el mejor de los casos, el impacto puede parecerse más al de una temporada comercial fuerte que a una transformación estructural.

La FIFA gana siempre. Los países, depende.

Empecemos por el número que está prácticamente garantizado. La FIFA proyecta ingresos superiores a US$ 13 000 millones para todo el ciclo comercial 2023-2026, superando al Mundial anterior, en el que los ingresos llegaron a US$ 7 500 millones.

Ese dinero entra, sobre todo, a Zúrich, sede de la FIFA, no a Dallas ni a Guadalajara. La estructura de ingresos de la organización para el ciclo está liderada por derechos audiovisuales, con más de US$ 4 000 millones, seguidos por entradas y experiencias de hospitalidad.

Para los países anfitriones, el panorama es más alentador, pero también más modesto de lo que sugieren los titulares. Las consultoras económicas que analizan el evento —agrupadas bajo el estudio World Cup 2026 Socioeconomic Impact Analysis, elaborado por el programa Goaleconomy en conjunto con la FIFA y la Organización Mundial del Comercio (OMC)—proyectan una actividad económica global de US$ 80 100 millones, de los cuales US$ 40 900 millones corresponderían a un aporte directo al PIB mundial. Estados Unidos concentraría US$ 17 200 millones de contribución al PIB.

El número que cambia la conversación: 0,05%

Aquí está el dato que mejor resume la discusión. Considerando que el PIB de EEUU es de alrededor de US$32 billones, los US$ 17 200 millones proyectados para este país equivalen a apenas el 0,05% de su PIB nacional, una cifra que cae dentro de los márgenes habituales de variación estadística de esa economía.

A diferencia de Catar 2022 (un mercado turístico pequeño que recibió un shock extraordinario de visitantes), Estados Unidos ya recibe decenas de millones de turistas internacionales cada año. El Mundial no representa una ruptura estructural, sino una aceleración puntual y geográficamente concentrada.

Otro tema relevante es que el riesgo financiero recae de forma importante sobre el sector público.

El efecto en los países clasificados: marca país, no divisas

Para las selecciones que simplemente clasifican al torneo, como Ecuador en este Mundial, el mecanismo es diferente y más sutil. No hay turistas entrantes masivos ni infraestructura que construir. El impacto opera en tres canales:

  1. Consumo interno. La población compra televisores, se reúne en bares y restaurantes, y consume productos con licencia. Es el canal más visible y el más parecido a lo que ocurre en Navidad o en el Día de la Madre: hay un estímulo al consumo, pero el dinero circula dentro de la economía local sin generar entrada neta de divisas.
  2. Marca país. Una buena actuación mundialista eleva la visibilidad internacional del país de maneras complejas de cuantificar, pero plausibles a largo plazo: atracción de inversión, turismo futuro y negocios de exportación. El efecto, si existe, es diferido y no aparece necesariamente en las cuentas nacionales del año del torneo.
  3. Exportaciones indirectas. En teoría, la exposición global puede impulsar la demanda de productos emblemáticos del país. Para Ecuador —con banano, camarón, cacao y flores como principales exportaciones— el efecto es plausible, pero difícil de aislar de otras variables de mercado.

El problema comparativo: Catar se jugó en Navidad

Aquí aparece una trampa estadística que vale la pena nombrar con precisión. El Mundial de Catar 2022 se disputó entre noviembre y diciembre, en plena temporada de mayor consumo del año. Cualquier análisis que intente medir el «efecto mundialista» en esos meses debe aislar el efecto estacional navideño. Hay que diferenciar qué porcentaje del mayor gasto en pantallas, restaurantes y artículos deportivos correspondió al fútbol y qué parte habría ocurrido de todas formas.

Esa superposición de efectos puede inflar las cifras asociadas al torneo catarí y vuelve cuestionable cualquier comparación directa con Mundiales anteriores —jugados en junio y julio— sin ese matiz metodológico. El Mundial 2026, que se disputa también entre junio y julio, ofrece en cambio un escenario más limpio para medir el impacto real, precisamente porque no coincide con una temporada alta de consumo predeterminada.

La otra cara: la factura del anfitrión

Los números proyectados suenan bien. Pero la ecuación tiene otro lado. Brasil destinó entre US$ 11 600 y US$ 15 000 millones a la organización de 2014 (estadios, infraestructura y seguridad) y varios de esos estadios quedaron después subutilizados en ciudades sin demanda suficiente de fútbol profesional. El crecimiento económico brasileño ese año fue de apenas 0,1%, mientras las protestas por el gasto público marcaron buena parte de la competencia.

El antecedente académico más citado en este debate es el estudio de Robert Baade y Victor Matheson, «The Quest for the Cup: Assessing the Economic Impact of the World Cup», publicado en 2004. Su hallazgo central, referido al Mundial de 1994 en Estados Unidos, es contundente: las ciudades sede registraron pérdidas acumuladas de entre US$ 5 500 y US$ 9 300 millones, frente a estimaciones previas al evento que prometían una ganancia de US$ 4 000 millones. Dicho en lenguaje llano: las promesas superaron ampliamente a los resultados.

¿Y Ecuador, concretamente?

Para Ecuador, que participa como selección clasificada en su quinta participación mundialista, el balance tiene que leerse con realismo. La economía ecuatoriana depende estructuralmente del petróleo, el banano, el camarón y el cacao. Ninguno de esos sectores se transforma por el resultado de un torneo de fútbol.

Lo que sí puede ocurrir: un ciclo positivo de ánimo colectivo que reactive el consumo interno durante las semanas del torneo, especialmente en restaurantes, medios de comunicación y comercio minorista. El equivalente, en escala y en mecanismo, a lo que ocurre en cualquier feriado prolongado. Además, la conexión con la diáspora ecuatoriana radicada en Estados Unidos —uno de los tres países anfitriones— añade un componente de visibilidad y posicionamiento de marca país que trasciende lo estrictamente económico.

¿Podría el banano ecuatoriano llegar a más mesas europeas gracias a la visibilidad mundialista? En teoría, sí. ¿Sucede en la práctica de forma medible? La evidencia disponible públicamente es escasa, y es justamente el dato que conviene verificar antes de afirmar.

Una conclusión sin sensacionalismo

El Mundial 2026 generará cifras impresionantes en los titulares: miles de millones de dólares, millones de visitantes y miles de empleos. Muchas de esas cifras son reales y verificables. El matiz importante es que una parte sustancial del valor generado se concentra en la FIFA y en sectores muy específicos de las ciudades sede, y que incluso el impacto sobre la mayor economía del mundo sería de apenas 0,05% de su PIB.

Para los países que solo clasifican —como Ecuador— el efecto económico es real, pero acotado, comparable al de una temporada comercial fuerte. Ni el desastre que algunos temen ni la bonanza que otros prometen.

Quizás el mayor legado económico de un Mundial no sea el dinero que entra durante el torneo, sino la conversación que provoca: sobre infraestructura, sobre marca país, sobre qué tipo de economía queremos construir. Esa conversación, bien encauzada, sí puede valer mucho.

EL AUTOR

Hanns Soledispa tiene el grado de MBA por el IDE Business School. Es director general y de consultoría empresarial en economía, estadística e investigación de mercados en la firma Exponential Research. Participa como analista económico en medios de comunicación. También es profesor universitario y conferencista en temas de economía y empresa.

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