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Las lecciones que Ecuador aún no aprende de El Niño

(…) la pregunta relevante ya no es si Ecuador volverá a enfrentar un episodio severo de El Niño, sino qué tan preparado estará cuando ocurra.

El verdadero costo de un desastre no empieza cuando llega la lluvia.

Cada vez que el fenómeno de El Niño vuelve a aparecer en los pronósticos meteorológicos, Ecuador revive un ciclo conocido: declaraciones de emergencia, movilización de recursos públicos, pérdidas agrícolas e interrupciones en las cadenas logísticas. A ello se suma un renovado debate sobre la capacidad del Estado para responder a una nueva crisis climática. Sin embargo, una vez que cesan las lluvias, el país suele volver a la normalidad sin haber resuelto el problema estructural que convierte estos eventos en verdaderas crisis económicas.

Desde una perspectiva empresarial, El Niño no debería analizarse únicamente como un fenómeno natural. Constituye, ante todo, un riesgo económico sistémico. Afecta simultáneamente la infraestructura, la producción, el comercio, las finanzas públicas, el empleo y la inversión. Su impacto se propaga a través de prácticamente todos los sectores productivos y puede comprometer el crecimiento económico durante varios años.

En consecuencia, la pregunta relevante ya no es si Ecuador volverá a enfrentar un episodio severo de El Niño, sino qué tan preparado estará cuando ocurra. La experiencia internacional demuestra que los países más resilientes no son necesariamente aquellos con menor exposición a amenazas naturales, sino aquellos que han incorporado la gestión del riesgo dentro de su estrategia de desarrollo económico.

El Niño: el problema económico antes del meteorológico

El fenómeno de El Niño corresponde al calentamiento anómalo de las aguas superficiales del océano Pacífico ecuatorial. Para Ecuador, especialmente para la región Costa, este proceso suele traducirse en precipitaciones extraordinarias, inundaciones, deslizamientos de tierra y daños generalizados en infraestructura.

Pero desde la óptica económica, la lluvia es apenas el detonante.

Cada carretera destruida implica mayores costos logísticos para miles de empresas. Cada puente colapsado interrumpe cadenas de abastecimiento. Cada hectárea perdida representa menor producción, menos exportaciones y una reducción de los ingresos de productores y trabajadores.

Una historia que Ecuador conoce demasiado bien

La primera gran experiencia (1982-1983)

Considerado uno de los primeros grandes eventos registrados con suficiente información estadística moderna, provocó daños importantes en infraestructura vial, agricultura, sistemas de riego y servicios básicos.

Una segunda visita (1997-1998)

Constituye el principal punto de referencia para medir la vulnerabilidad económica del Ecuador.

La Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL) estimó pérdidas cercanas a USD 2.900 millones, equivalentes aproximadamente al 14 % del Producto Interno Bruto de la época.

Miles de kilómetros de carreteras quedaron inutilizables durante semanas o meses. Numerosos puentes colapsaron o requirieron reconstrucción total.

El sector agrícola perdió extensas superficies cultivadas debido a inundaciones prolongadas.

El costo invisible: el costo de oportunidad

Uno de los conceptos más importantes en economía es el costo de oportunidad.

Cada dólar destinado a reconstruir un puente destruido es un dólar que deja de invertirse en hospitales, escuelas, innovación, conectividad digital o infraestructura productiva.

Cuando una carretera se rompe, toda la economía paga

Las imágenes de carreteras destruidas suelen convertirse en el símbolo de cada episodio de El Niño.

En una economía en la que más del 80 % de la carga doméstica se moviliza por vía terrestre, el cierre de un eje vial altera toda la cadena logística. Los tiempos de transporte aumentan, el consumo de combustible se incrementa, los costos de distribución se elevan y las empresas deben asumir gastos extraordinarios para mantener el abastecimiento.

En mercados altamente competitivos, retrasar un embarque puede significar la pérdida de contratos frente a proveedores de otros países.

Agricultura: el sector más vulnerable

Históricamente, la agricultura ha sido una de las actividades económicas más afectadas por El Niño.

Las lluvias excesivas provocan inundaciones prolongadas, pérdida de cultivos, erosión de suelos, proliferación de plagas y enfermedades, así como dificultades para transportar la producción hacia los mercados.

El problema trasciende al sector agrícola. Muchas industrias dependen directamente del abastecimiento de materias primas nacionales. Cuando estas escasean, aumentan los costos de producción para la agroindustria, la industria alimentaria y el comercio.

Ganadería y producción pecuaria

Las inundaciones reducen las áreas de pastoreo, incrementan la incidencia de enfermedades y dificultan la movilización de animales.

Los pequeños productores suelen enfrentar mayores pérdidas debido a la limitada disponibilidad de seguros agropecuarios y de mecanismos financieros que les permitan recuperar rápidamente su capacidad productiva.

Acuacultura y pesca

Aunque la acuacultura ha desarrollado importantes mecanismos de adaptación durante las últimas décadas, eventos extremos pueden afectar la calidad del agua, alterar los niveles de salinidad y favorecer la aparición de enfermedades.

El sector pesquero también experimenta cambios significativos debido a las modificaciones en la temperatura del océano. Algunas especies migran hacia otras zonas, lo que disminuye temporalmente las capturas y afecta los ingresos de pescadores artesanales e industriales.

Turismo

El turismo suele experimentar una doble afectación. Por un lado, el deterioro de carreteras y servicios limita el acceso a destinos turísticos. Por otro, la percepción de riesgo provoca cancelaciones de viajes tanto nacionales como internacionales.

El costo fiscal de llegar tarde

Cuando ocurre un desastre natural, la primera institución que absorbe el impacto financiero es el Estado. La atención de emergencias exige recursos inmediatos para evacuaciones, albergues, alimentación, atención médica, reparación de infraestructura crítica y restablecimiento de servicios básicos. Posteriormente comienza una segunda etapa, aún más costosa: la reconstrucción.

Los costos invisibles 

Las evaluaciones tradicionales suelen concentrarse en el valor de los activos destruidos. Sin embargo, una medición completa debe incorporar también los costos indirectos:

  • Producción no realizada.
  • Exportaciones perdidas.
  • Menor productividad laboral.
  • Interrupciones logísticas.
  • Incremento del costo del transporte.
  • Reducción de la inversión privada.
  • Aumento del riesgo país percibido.

¿Qué hacen otros países?

Japón: la prevención como política de Estado

Japón enfrenta terremotos, tifones, tsunamis e inundaciones con una frecuencia muy superior a la de la mayoría de países.

Su estrategia combina infraestructura de alta resistencia, normas estrictas de construcción, sistemas avanzados de alerta temprana, simulacros permanentes y una fuerte cultura ciudadana de prevención.

Chile: institucionalidad y gestión del riesgo

Chile ha fortalecido progresivamente sus capacidades para enfrentar desastres mediante la profesionalización de sus organismos de emergencia, inversiones en infraestructura crítica y mecanismos de coordinación entre los distintos niveles de gobierno.

Colombia: incorporar el riesgo en la inversión pública

Durante la última década, Colombia ha avanzado en la incorporación obligatoria del análisis de riesgo climático dentro de numerosos proyectos de infraestructura pública.

¿Y Ecuador?

El país ha registrado avances importantes durante los últimos años. Existen mejores sistemas de monitoreo meteorológico, una mayor coordinación institucional y experiencias exitosas de obras de mitigación en determinadas zonas.

Sin embargo, la gestión del riesgo continúa siendo predominantemente reactiva. Con frecuencia, las inversiones más importantes se ejecutan después de los desastres y no antes de ellos.

Cuatro prioridades para una estrategia nacional

  1. Infraestructura diseñada para el clima del siglo XXI

Los nuevos proyectos viales, puentes, sistemas de drenaje, puertos y redes de agua potable deberían incorporar criterios de resiliencia climática desde su diseño. Aunque ello implique mayores costos iniciales, el ahorro durante la vida útil de las obras puede ser sustancial.

  1. Ordenamiento territorial basado en evidencia

Las pérdidas económicas no dependen únicamente de la intensidad de las lluvias, sino también de dónde y cómo se construye.

La expansión urbana hacia zonas inundables, laderas inestables o áreas de alto riesgo incrementa de forma exponencial la exposición de hogares, empresas e infraestructura.

  1. Agricultura más preparada

El sector agropecuario requiere una estrategia integral que combine infraestructura de riego y drenaje, investigación agrícola, variedades resistentes a eventos extremos, asistencia técnica y mecanismos de aseguramiento.

  1. Sistemas de información y alerta temprana

Las inversiones en monitoreo meteorológico, modelación hidrológica, sensores remotos y sistemas de alerta temprana permiten anticipar la toma de decisiones empresariales y gubernamentales que reducen significativamente los daños.

El papel del sector privado

Las emergencias no son responsabilidad exclusiva del Estado.

Las empresas también pueden fortalecer su resiliencia mediante planes de continuidad del negocio, diversificación de proveedores, inversiones en infraestructura propia, el uso de tecnologías de monitoreo y la contratación de seguros adecuados.

Por su parte, las entidades financieras tienen la oportunidad de incorporar criterios de riesgo climático en la evaluación crediticia y desarrollar instrumentos financieros orientados a proyectos de adaptación.

Las cámaras empresariales, las universidades y los centros de investigación pueden contribuir generando información, promoviendo la innovación y fortaleciendo las capacidades técnicas del país.

La resiliencia debe entenderse como un esfuerzo compartido entre el sector público y el privado.

Conclusión

El país, tanto el sector público como el privado, puede mantener un modelo basado en la atención de emergencias y la reconstrucción posterior, o avanzar hacia un enfoque que incorpore la gestión del riesgo como parte de su política de desarrollo: infraestructura resiliente, planificación territorial, sistemas de alerta temprana y adaptación productiva.

En una economía con limitaciones fiscales y crecientes necesidades de inversión, cada dólar destinado a reducir riesgos representa una oportunidad para proteger activos, preservar empleos, fortalecer la competitividad y evitar pérdidas futuras.

 

Hanns-Soledispa-2026
El Autor
Hanns Soledispa, Grado de MBA por el IDE Business School. Es director general y de consultoría empresarial en economía, estadística e investigación de mercados en la firma Exponential Research. Participa como analista económico en medios de comunicación. También es profesor universitario y conferencista en temas de economía y empresa.

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septiembre 21, 2026
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